mitologías

I

En vano te expones

a nuevas tempestades,

buscas redimirte en la lejanía,

pero tendrías que amarrarte al mástil

para no recordar

mi olor

mi tacto

el vértigo en mi boca

mi cuerpo de sirena

mis uñas hurgando tu sangre.

II

¿Cómo sabré que entiendes mi dolor

si no te llamo Eneas?

Si no me anuncio mujer

y me condeno a parir y criar.

Sería mejor ir a la guerra,

diría Medea.

Y recibir migajas del banquete de la bóveda de dioses.

Así no habría tiempo para el telar.

Para que me vean llorar en las exequias.

Así podría tener el descuido de Orfeo,

mirar largo rato atrás,

levantarme el velo del inframundo.

No tendría que convencerme

de ser buena mujer,

entregarme entera en el lecho.

No te habría dado mis senos para que ahogaras allí tus gritos.

Ni esa danza de guerra que hicieron mis caderas

para el gran guerrero de Troya.

O mi mano erizando tu falange

para que dejaras caer de tu cuerpo la punzante espada.

Quisiera no preocuparme del pudor estoico,

cantar mi desmesura,

mi venganza:

tu cuerpo haciéndome la encomienda del deseo.

Extasiándome con tu voz ardiente.

Tu mano firme sobre mi cuello

para que sea la esclava de tu ser guerrero.

Pero eso sería ser demasiado hábil,

demasiado astuta

para este mandato de mujer.

Buscaré otro abrevadero.

Dejaré que otros hombres me ultrajen el cuerpo.

Aunque me acueste con todos ellos volverás,

sé que vendrás.

Regresarás a mí.

Exhausto de nadar naufragios,

exhausto de jinetes,

de diosas, de desgracias y destinos.

Vendrás con anhelo súbito que el deseo que estalló

en una lengua muerta aún palpite.

No me olvidarás.

No nos olvidaremos.

Sin embargo, de lo nuestro

sólo tortura y condena.

III

Mi destino está frente a mí.

No descenderé.

No seré la mujer de nadie.

Renuncio a parir el nudo de desgracias

que se irá deshilvanando por el resto de los siglos.

Yo sola ataré mis hilos,

dejaré que el olvido me deslave

cuando llegue el final.


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𓆑

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