Sobre mi hambre mando yo.

No sé rendirme.

Mi vida ha consistido en ver más lejos de la situación en la que me encuentro. Así, por ejemplo, en medio de las palizas me sentí capaz de amor, reciprocidad y suavidad. Aprendí desde nacimiento que el secreto está en el lugar donde pongo la atención. Mi destino era nacer ahogada con el cordón umbilical, pero la medicina negó mi profecía. Desde entonces he intentado cumplirla. Intuyo que mi destino no era la muerte sino el hambre.

Cuando nací hubo más arrebatos además del de muerte: la teta, la madre y la normalidad del llanto. Confundí la saciedad con el vacío. Establecí lealtad a quien me parió con la manutención del hueco. Permanecí dispuesta, abierta, negada a ser una unidad independiente. Atada por la fe hacia un hilo invisible que suplió al cordón. Simbiosis eterna. Negada a existir sólo supe participar en la vida por medio del inconsciente de mi madre, el cual no tenía las condiciones necesarias para la existencia de ambas.

Así me acompañó siempre la sensación de estorbar, el deseo de morir, la necesidad de un pensamiento independiente. Esta conexión menguó cuando a los tres me conquistó la lengua castellana, entonces me negué a compartirme más. Luego vino el terror de no ser parte ya del mundo de mi madre y tampoco sentirme hábil para formar parte del actual.

Permanecí abierta, temerosa y ajena. Lista para las apariciones, los fantasmas, el zeitgeist y los patrones. La sensación de tener que pelear por seguir viva jamás cedió, el deseo me sigue creciendo y no se deja domesticar.

Alguna vez un obrero consumido por el hambre rechazó la moneda que intentaba sobornarlo a cambio de su voto, con total determinación enunció: «en mi hambre mando yo.» La sorpresa de descubrir que incluso en lo que parece ser la desposesión más profunda existe aún espacio para elegir me embelesó. 

Más tarde descubrí que la ética como disciplina busca darnos esa herramienta de posibilidad, resistencia y praxis en una realidad material que nos define sujetos.

Fui criada católica, mi ritual favorito siempre fue la comunión. En la eucaristía una se rinde ante la carne de Cristo, abre la boca y no se resiste a la hostia. La comunión devino en felación cuando abandoné la fe, el miembro erecto se encuentra con la lengua que persigue su purificación. Se habla de un hambre de Dios: reconocer en nuestro cuerpo ese agujero infinito que busca saciedad.

Dios, al igual que la promiscuidad, es una praxis. Mi terquedad, mi deseo, mi apetito se plantea desde esta falta. Jamás he dado la vida por hecha. Mi identidad se definió desde el «yo nunca me rajo.» Creía que esta era mi fuerza. Durar. Seguir. Quedarse. Ver directamente el caos, la confusión, el terror, la desesperación y decidir seguir ahí una y otra vez. Esta batalla que tuve todas las veces porque creía que esa guerra era mi única opción de elección.

En Matrix 3, hay una escena donde Neo moribundo es interrogado por el agente Smith. Le pregunta por qué sigue peleando, por qué sigue levantándose. Si lo hace en nombre de algún ideal más allá de sí mismo, por libertad, amor, una idea de verdad o alguna otra ficción que el intelecto humano crea para paliar la insuperable angustia de su absurda existencia. Le recuerda que es imposible ganar, que seguir luchando es irrelevante y perseverar es un sinsentido. Neo insiste, se levanta y responde: because I choose to. Así lo elijo.

Como en la narración del obrero, Smith, quien tiene aparentemente todo el poder en la Matrix, no logra ejercer poder sobre Neo. Cuando intenta absorberlo, Neo cede, esta vez entiende su rol en la Matrix de forma consciente. Ve los patrones de los que es partícipe, pero ahora los acepta, acepta al oráculo y su destino. La batalla termina cuando juega con las reglas que lo sujetan y concibe la percepción de ambos bandos.

*

El cuatro de abril de 2024 me rendí por primera vez. Pretendí celebrar el ramadán con mi hermano, ayunar cuando el sol está fuera y consumir alimento o bebida cuando este se oculta. Durante el ayuno lo más relevante fue mi experiencia de tiempo. Por primera vez dejó de ser limitada y al borde del abismo para configurarse como una estrella fractal con ramificaciones espirales que se mueven al interior y exterior: el copo de nieve de Koch. Al parecer esta figura se usa para representar el vacío cuántico, lo entendí como la indicación de un espacio con la energía más baja que un sistema físico-mecano-cuántico pueda poseer.

Me sorprende mi sensibilidad. Mi cuerpo justamente estaba lidiando con la mínima energía para preservar la vida. Antaño me vanagloriaba por ser capaz de soportar cualquier dolor, de saber pasar cualquier hambre. El ayuno me trajo la vieja sensación de conexión con todo, tonalidades verdes y negras similares al ónix, carbón y grafito; el hilo invisible de mi madre. Me recordó la práctica de un deseo que no ve el posible, sólo ve la necesidad, lo presente del apetito y la sed.

Sabía que podía seguir. Mi cuerpo encuentra familiaridad en la abstinencia. Me seduce llevarme a los extremos: el celibato y arrebato, la renuncia y el impulso, el ayuno y la ambrosía, el silencio y la saturación de sonido. Pero apareció una certeza que antes nunca vi: hay más días mañana, habrá otra oportunidad, ninguna acción está asentada en piedra ¿por qué ayunar? ¿por qué creer en un vaciar el cuerpo para llenar la mente si los pienso como lo mismo, si disminuir a uno implica la disminución del otro?

No bajar los brazos. Pararme y dar la cara siempre. Sobre mi hambre mando yo y para que esa frase sea verdadera hoy elijo engullir. El tiempo no existe. Se repliega. / Y en cada uno de sus pliegues / nos invita / a ser / de nuevo / lo que fuimos. / Todo es simultáneo. Tan sólo / en el discurso / hay un tiempo que fue / y otro por venir. / Despójate de ti. / Actúa / sin temer la salida. (Chantal Maillard)

I ching, 27. La boca abierta. Montaña sobre trueno: arriba y abajo labios firmes, en medio, la abertura de la boca. La perseverancia trae fortuna. La autonomía interior se cultiva. Si te alimentas de lo que no nutre, te desvivirás por la embriaguez pasajera. Buscar alimento con la avidez de un tigre hambriento, sin defecto. Conciencia del peligro trae fortuna.

El hexagrama 27 fue el primero que recibí cuando conocí el I Ching. Todo hexagrama es un ejercicio de equilibrio y todo equilibrio implica una pérdida. Una línea blanda (yin) que muta desde la firmeza (yang). Desde la oscuridad profunda se gesta la luz. Lo más firme sólo cambia con suavidad. Mi condena es que mi deseo siempre ha sido más grande que mi terror. Y quizás por eso elijo la vida como advenimiento de mi libertad.

No creo en la victoria sobre una némesis. Creo que hay prácticas donde la voluntad se eleva por encima de las estructuras de poder y de la lógica de éxito o derrota. Reconozco ahora mi hambre, mi sed, mi alimento y mi bebida. Ya no busco la posibilidad de destruir el sistema como señal de libertad, en su lugar encuentro que la elección consciente de actuar afirma mi poder frente a lo inevitable. Esa elección incluye aceptar mis pérdidas, saber cuándo abandonar la lucha y caminar lejos.


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𓆑

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