Sigo siendo este incendio. Este es mi cuerpo a veces, erupción, quemadura, cicatriz. Mi piel se pintó de salmones, a mis inundaciones les llegó la plaga.

¿recuerdo el dolor puntual de ser piel? El color concéntrico, el filo de su borde, el vértice que me separa con el todo. Mañana también se enmarcará el dolor de rosa, no quedará agua clara en mí.
Rosa. Silueta tenue del rojo.
Si mi furia tomara una forma serían estas manchas de Rorschach. La topografía de la ira disuelta en ajolotes nadando por fangosos laberintos acuáticos. Mi desnudez disuelta en orillas y líneas. «Ahora todæs saben lo que sientes.»
Lombrices llegando desde el tártaro, me acercan el fuego ¿qué balada tocan en el infierno? El calor crea los bordes de la ira que apenas cabe en la mitad de mis dedos, el torso y mi contorno.
Soy la hoguera de mi propio fin. Dejé que me creciera tanto el enfado y la rabia que no sé donde hacerme espacio entre tanta ceniza.
¿Volveré alguna vez a ser el cuerpo que fuimos? ¿La piel acompasada en un ritmo triste? ¿La náusea incurable hacia mí misma? ¿La carne que juega a no pudrirse?
Alguna vez soñé con todas las personas con quien compartí eros, descubrí que mi piel nunca dejaba de sostener sus caricias. Mi piel era de quien me tocaba y mi extensión se prolongaba hasta sus risas que cosquilleaban mis labios humedecidos por el placer y el deseo. Si pasaba mi nariz por el rostro del otro, el aroma la podía oler el resto. Esa orgía sucedía dentro, muy dentro mío.
Nunca dejamos de tocarnos, nunca terminamos de percibirnos mediante ese otro sucediendo dentro nuestro, una y otra vez en todo el cuerpo.
Ahora que mi piel brota en incendios forestales, reconozco que he sido seducida por la idea de eliminar todo límite. Eso ha hecho, quizá, más traumático y doloroso cada abuso. Dispongo una vulnerabilidad para relacionarme con todo, especialmente con aquello que no quiero. Miento diciendo que no recuerdo porqué estoy tan enojada.
Mitski dice que es el fuego y el bosque de sus incendios forestales. También es el testigo que ve el incendio y el valle donde se coloca quien mira.
Yo también fui testigo cuando abusaron de mi cuerpo y fui también el piso donde estaba quien veía. Ahora soy el bosque y el fuego, la testigo que mira, la mezo a ella, al piso, a ambas, a todas. La mezo y ardo. Meciéndome para volver a ser una, para ser lozana. Para ya no oler a sangre, a formol, a muerta.
Estuve en el valle viéndolo todo y no supe hacer nada ¿se puede morir de combustión? Mi ira es del tamaño de un país.
Años sosteniendo el grito que mi cuerpo traía atragantado. Ninguna vez grité. Sentía que tenía que estar atenta, no podía dejar escapar ningún detalle en la explosión. Me inventé infinitas variaciones para no gritar. Demencia. Tabaco. Alcohol. Oráculos. Silencio.
Mi voz decía «no me sueltes», pero me apretaba y lastimaba con preguntas. Ya no quedan muchas, esto ya casi se acaba. Rosa también ha sido el color de mi abandono. La saturación de color me dice que ya no soy un animal de huesos rotos. Ya dejé de ser el vacío dentro del círculo. Rosa de he sabido sobrevivir.
Deja un comentario